Catholic MeditationsMeditación: Juan 13, 16-20

La explicación de Jesús de por qué les lavaba los pies a sus discípulos demuestra dos verdades esenciales para nuestra vida: La profundidad de nuestra unión con Cristo y las bendiciones que recibimos cuando le obedecemos.

Estas dos verdades están íntimamente ligadas, y por eso pueden darnos una idea de lo muy unidos a él que Dios quiere que vivamos.

En todos sus discursos de despedida, Jesús habló de las promesas que reciben los que le obedecen: recibirán el consuelo del Espíritu Santo; conocerán el amor del Padre; serán conocidos, no como siervos, sino como amigos de Cristo (Juan 15, 14). Sin embargo, para nuestra mente moderna, la obediencia suele entenderse como servilismo. Pareciera que cada persona tiene como meta escapar de toda autoridad y establecer su propia independencia, autonomía y autosuficiencia.

No obstante, si consideramos la obediencia con la perspectiva de Jesús, quizás podamos verla como él la vio: como la posición más liberadora, noble y gloriosa que se puede tener delante de su Padre. Por eso afirmó: “El Hijo no puede hacer nada por su cuenta y sólo hace lo que le ve hacer al Padre; lo que hace el Padre también lo hace el Hijo. El Padre ama al Hijo y le manifiesta todo lo que hace” (Juan 5, 19-20). Jesús sabía cuánto lo amaba el Padre, por eso pudo hacer todo lo que el Padre le pedía. El conocimiento de este gran amor daba lugar a una profunda confianza y humildad, que le hizo evitar todo lo que pudiera poner en peligro su unión con el Padre.

También les dijo a sus discípulos: “El que recibe al que yo envío, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me ha enviado” (Juan 13, 20). Tal como él estaba estrechamente unido a su Padre, en el amor y la obediencia, nos propone a nosotros la misma unión con él. Esta unión de confianza y sumisión reverente constituye la dignidad más alta posible, y a la vez es la base de la unidad entre los cristianos. Pidamos al Señor que nos conceda el mismo espíritu de humildad y confianza que él tuvo.

Así, pues, hermano, si le pides hoy a Cristo que venga a tu corazón, él lo hará, pues está esperando a la puerta de tu corazón (v. Apocalipsis 3, 20), y así iniciarás la experiencia espiritual más satisfactoria y transformadora de tu vida.

“Jesús, Señor mío, te ruego que me llenes de tu amor a tal punto que desee obedecerte en todo lo que me pidas. Por tu Espíritu, ayúdame a vivir con confianza y gozosa obediencia.”

Hechos 13, 13-25
Salmo 89(88), 2-3. 21-22. 25. 27


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